El poder de la televisión, desde hace años es algo totalmente indiscutible. El gran avance que han supuesto los medios audiovisuales ha sido aún mayor gracias a la aparición de Internet, que a su vez ha supuesto la renovación del visionado de los productos televisivos y cinematográficos.
Dejando a un lado la cuestión puramente económica y el márketing que rodea a todo el imperio televisivo y del audiovisual, es necesario echar una ojeada a lo que la nueva televisión está produciendo, más allá de nuevos reality-shows o programas que innoven con sus contenidos. Me refiero a las series de televisión.
En un principio el cine fue la gran expresión de orgullo del sector audiovisual, y lo siguió siendo durante todo el siglo XX. Ahora... bien, se puede asegurar con firmeza que las cosas han cambiado un poco. La concepción sobre la televisión que el público siempre ha tenido (¿quién no ha alguna vez "la caja tonta" para definirla?) está mutando, y de forma más que positiva en los útlimos años.
Ante la crisis de creatividad que sufre Hollywood, es recomendable echar un vistazo a la televisión estadounidense. Parece que se hayan escapado las ideas, ¿verdad? Nada más lejos de la realidad: los creadores han encontrado una fuente donde expresar todas sus historias, de forma prolongada, pudiendo profundizar en las psiques de sus personajes, y sobretodo, ofreciendo una calidad televisiva nunca vista.
Las series de televisión como House, Mujeres desesperadas, Perdidos, Mad Men, Dexter o 30 Rock (arriba en la foto) han traído consigo un soplo de aire fresco y talento en este mundillo, dominado previamente por series con tramas totalmente simples y con unos personajes convertidos en tópicos.
Justamente hoy, en el suplemento El País Semanal (del diario El País) se ha publicado el reportaje "La caja tonta es más lista", una descripción de la nueva ficción televisiva, desde Los Soprano hasta Los Simpsons. En él se analizan los estandartes de esta nueva generación de series de calidad, que han superado al cine como forma de entretenimiento y, sobretodo, como principal mercado audiovisual.
Como he dicho anteriormente, a esto ha contribuido de forma definitiva la aparición de Internet, que posibilitó la elección del visionado de estos grandes trabajos. La típica estampa familiar donde todos los miembros de la casa se sentaban frente al sofa a ver su programa favorito ha dado paso al disfrute individual de estas grandes producciones de la pequeña pantalla, en un horario a elegir por el propio consumidor. Y este punto, ha sido el que ha otorgado la victoria a la ficción televisiva.
Pero, pese a todo, las series no poseen ese estatus necesario como para considerarse productos culturales, como ejemplifica Juan José Millás en el reportaje anteriormente mencionado:
"Un amigo me confesó hace poco que estaba preocupado por un hijo suyo que ha visto tres o cuatro veces Los Soprano, otras tres o cuatro los capítulos disponibles de Perdidos, y que en la actualidad está enganchado a Mad Men. Le pregunté si estaría igual de angustiado si su hijo hubiera leído siete veces Madame Bovary y me dijo que no era lo mismo".
A eso se le llama prejuicio.
Dejando a un lado la cuestión puramente económica y el márketing que rodea a todo el imperio televisivo y del audiovisual, es necesario echar una ojeada a lo que la nueva televisión está produciendo, más allá de nuevos reality-shows o programas que innoven con sus contenidos. Me refiero a las series de televisión.
En un principio el cine fue la gran expresión de orgullo del sector audiovisual, y lo siguió siendo durante todo el siglo XX. Ahora... bien, se puede asegurar con firmeza que las cosas han cambiado un poco. La concepción sobre la televisión que el público siempre ha tenido (¿quién no ha alguna vez "la caja tonta" para definirla?) está mutando, y de forma más que positiva en los útlimos años.
Ante la crisis de creatividad que sufre Hollywood, es recomendable echar un vistazo a la televisión estadounidense. Parece que se hayan escapado las ideas, ¿verdad? Nada más lejos de la realidad: los creadores han encontrado una fuente donde expresar todas sus historias, de forma prolongada, pudiendo profundizar en las psiques de sus personajes, y sobretodo, ofreciendo una calidad televisiva nunca vista.
Las series de televisión como House, Mujeres desesperadas, Perdidos, Mad Men, Dexter o 30 Rock (arriba en la foto) han traído consigo un soplo de aire fresco y talento en este mundillo, dominado previamente por series con tramas totalmente simples y con unos personajes convertidos en tópicos.
Justamente hoy, en el suplemento El País Semanal (del diario El País) se ha publicado el reportaje "La caja tonta es más lista", una descripción de la nueva ficción televisiva, desde Los Soprano hasta Los Simpsons. En él se analizan los estandartes de esta nueva generación de series de calidad, que han superado al cine como forma de entretenimiento y, sobretodo, como principal mercado audiovisual.
Como he dicho anteriormente, a esto ha contribuido de forma definitiva la aparición de Internet, que posibilitó la elección del visionado de estos grandes trabajos. La típica estampa familiar donde todos los miembros de la casa se sentaban frente al sofa a ver su programa favorito ha dado paso al disfrute individual de estas grandes producciones de la pequeña pantalla, en un horario a elegir por el propio consumidor. Y este punto, ha sido el que ha otorgado la victoria a la ficción televisiva.
Pero, pese a todo, las series no poseen ese estatus necesario como para considerarse productos culturales, como ejemplifica Juan José Millás en el reportaje anteriormente mencionado:
"Un amigo me confesó hace poco que estaba preocupado por un hijo suyo que ha visto tres o cuatro veces Los Soprano, otras tres o cuatro los capítulos disponibles de Perdidos, y que en la actualidad está enganchado a Mad Men. Le pregunté si estaría igual de angustiado si su hijo hubiera leído siete veces Madame Bovary y me dijo que no era lo mismo".
A eso se le llama prejuicio.


No hay comentarios:
Publicar un comentario